Cada vez que el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Juan José Guemes, realiza una visita anunciada a un centro hospitalario es recibido por una colectividad del sector que le abuchea, reclama el final del proceso de privatización de la sanidad pública y su dimisión por impulsar esas políticas. La respuesta ha sido netamente franquista: Esperanza Aguirre denuncia un contubernio o conspiración de sindicalistas pagados para desprestigiar su obra. ¿No les suena?
Utilizando métodos de la antigua policía político-social, la presidenta de la Comunidad de Madrid ha hecho publico un vídeo en el que se ven a algunos trabajadores protestando frente al consejero de Sanidad y esa es la prueba del contubernio, porque se trataría de algunos representantes sindicales que disponen de ese estatuto de liberados para la labor sindical. Todo muy mediático y amplificado por la televisión de Esperanza Aguirre que funciona como un ventilador sin control al servicio de sus propias ambiciones. Echen un vistazo a la nómina de periodistas de Telemadrid. Muchos de ellos contratados sólo como meros publicistas liberados al servicio de Esperanza Aguirre. A ellos no hay que filmarlos porque aparecen por sí mismos en la pequeña pantalla de Madrid, vestidos con los colores de su presidenta, sin dar margen alguno al equivoco de su disciplina y su función: verdaderos liberados.
El camino emprendido por la presidenta de Madrid tiene poco recorrido. En primer lugar porque ella misma es un producto de la época de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. El neoliberalismo que nació con ellos está en declive y Esperanza Aguirre intenta consagrar en Madrid las practicas más genuinamente neocom cuando falta un cuarto de hora para que sean desahuciados todos los seguidores de esa doctrina por llevar al mundo al borde del colapso.
Lo que va a ocurrir es la recuperación de la moda de situar al estado como garante de los servicios públicos fundamentales, porque es la piedra angular de un sistema de justicia que garantice las prestaciones de todos los ciudadanos. Las empresas privada -que tanto gusta introducir Esperanza Aguirre en el ámbito de lo público- están pidiendo ayuda al Estado. Destruir el Estado en este momento, y los servicios de sanidad y educación son uno de sus pilares, es un auténtico contubernio y una conspiración situada además fuera de época. Los sindicalistas retratados por Esperanza Aguirre están realizando el magnífico servicio publico de defender al Estado frente a las tentaciones neoliberales. En vez de filmarlos habría que darles un diploma porque es la demostración de que el sindicalismo sigue vivo.
Carlos Carnicero es periodista y analista político

